Menorca

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Tiene una superficie que apenas supera los 700 km2 (la quinta parte de Mallorca), en cada extremo de la isla surge una capital: al norte Ciudadela, noble y señorial; al sur Mahón, comercial y marcadamente británica. Entre las dos, pueblos multicolores orgullosos de sus tradiciones, multitud de “llocs” o caseríos rurales, y un patrimonio arqueológico tan misterioso como deslumbrante.
El turismo llegó tarde a la isla, y los núcleos vacacionales se concentran en ciertos puntos, que no llegan a desfigurar ninguna zona del territorio. Todo sigue prácticamente igual que hace cien años. En 1993 la UNESCO consideraba la totalidad de la isla, Reserva de la Biosfera. En Menorca, se puede disfrutar de docenas de playas vírgenes, escondidas en el fondo de barrancos, frente a un mar que a partir de la primavera se torna idílicamente turquesa, pero también de un paisaje que cambia a cada paso, moldeado por un viento caprichoso. Es una isla para recorrer en coche, sin prisas, o a pie, en barco o, por qué no, en un típico caballo negro menorquín.

 
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